viernes, 23 de noviembre de 2007

PARASITE EVE

DE HIDEAKI SENA





CAPÍTULO UNO





"LIBERACIÓN"





Nueva York, 23 de Diciembre de 1997




La nieve caía lenta y pausadamente sobre la acera en la Séptima Avenida; la gente corría presurosa cargando bolsas y paquetes multicolores. Las compras de pánico siempre han sido una constante en ciudades como Nueva York, donde todo mundo está siempre más ocupado del trabajo que de las relaciones interpersonales.




Sobre la avenida una Ford Lincoln limousine se desplazaba lentamente entre el tráfico neoyorkino, faltaban apenas un par de cuadras para alcanzar la calle 57 y por fin descender del auto.




-"¿Qué hago aquí?" Se pregunto Aya Brea, mientras miraba por la ventana el intenso vaivén de la gente por la acera.




Aya era una mujer joven, 27 años, rubia, delgada, de ojos grises, de ascendencia rumana, su piel era tan blanca que su abuelo solía llamarla "copo de nieve"; recientemente Aya había sido promovida de oficial de policía a agente del departamento de homicidios en el Distrito 17.




Atractiva sin ser particularmente bella, Aya podría haber conquistado a cualquier hombre que quisiera... de no ser por su terrible baja autoestima en cuanto a su belleza física e interior.




-"¿De verdad estoy tan desesperada como para haber tomado una cita por internet?" se decía para sus adentros mientras miraba de reojo a su acompañante, un hombre de alrededor de 35 años vistiendo un frac de diseñador y con ese aire de arrogancia que da el dinero.




-¿Qué pasa muñeca? preguntó el hombre




"Muñeca! ODIO que me llamen con sobrenombres estereotipados!" pensó Aya, sin embargo se contuvo y contestó cortesmente




-Vamos tarde, la función seguramente ya comenzó




-Llegaremos a tiempo. Fue la respuesta.


-¿Por qué no bajamos del auto y caminamos las dos calles que faltan? seguramente así podríamos...


-¿Y perder el estilo? -interrumpió el hombre- Ni pensarlo! Un Hallsworther no pierde el estilo!


-"He cometido un muy grave, grave error" pensó Aya y se sumergió en el asiento.




20 minutos después la limousine por fin había logrado llegar a la Séptima, esquina con la 57, sede del famoso teatro Carnegie Hall, que esa noche presentaba una gala sin precedentes con motivo de la navidad, los mejores intérpretes de Ópera en el mundo se reunirían para presentar "El Dilema del Rey" de autor anónimo.




La atracción principal era una joven neoyorkina que había salido de los barrios pobres de Queens para ser parte del cartél en ese festín operístico.




Ya no había gente haciendo fila en el teatro, era obvio que la función había comenzado ya hacía algunos minutos. Aya, una maniática del tiempo, siempre había odiado a los impuntuales y definitivamente le hacía sentir muy mal ser la que llegara tarde.




Quiso bajar de un salto, pero recordó que traía un vestido largo y zapatillas con tacón de 10 cm, por lo cual el movimiento tuvo que ser más femenino de lo que ella hubiera deseado.




- "Si mi padre me viera, estallaría de risa" pensó.




Su acompañante le extendió la mano y la auxilio a bajar, en la entrada del teatro, el Valet los urgió a pasar




-¡Recién comenzó el primer acto, dense prisa! les dijo con un tono de molestia que apenó hasta la médula a Aya.




-Papá me consiguió los mejores boletos. Dijo la cita de Aya, que estaba más concentrada en entrar a la sala y atravesar el lobby del teatro, que se le hácía interminable.




El Valet abrió la puerta de la sala con un chasquido de las manijas que a Aya le pareció un estallido nuclear y el girar de las cabezas en las últimas filas acabaron de apenarla.




Adentro, el teatro a oscuras daba paso a la formidable escenografía, la hermosa musicalización y las cristalinas voces de los intérpretes, el Carnegie Hall con su suntuosa decoración victoriana y su extraordinaria acústica sin duda era el escenario perfecto para tal gala. Los mejor de la clase política, intelectual y artística se encontraba reunida en ese recinto, para disfrutar en espectáculo destinado para unos cuantos mortales.


Ahí de pie en la semioscuridad Aya se sentía cada vez más angustiada mientras su acompañante parsimoniosamente trataba de ubicar la fila en donde se encontraban los asientos.


Finalmente encontraron la fila F, donde se ubicaban sus lugares, y claro que al ser de los mejores lugares estaban nada más y nada menos que en el centro de la fila, lo cual significaba atravesarse entre la gente por casi todo el teatro, cosa que terminó de enfadar a Aya.


Entre una serie de "perdone" "disculpe" y varios "shhh" de la audiencia, por fin la improbable pareja llegó a su lugar.


-"Por fin" Pensó Aya, mientras se dejó caer en el asiento, liberada por fin de la presión de su retraso, y su mente de despojaba del pasado inmediato para disfrutar lo que quedaba de la función.


En el escenario 5 personajes se movían gracilmente al ritmo de la música, mientras la escenografía evocaba el interior de un palacio medieval, en el trono, el Rey y la Reina, miraban con desagrado a Doyle, soldado de rango medio que al no poder ocultar más su amor por la Princesa Doria pide su mano al Rey, ante el enojo del monarca.


El Rey determina la ejecución de Doyle por su atrevimiento, los guardias lo toman de los brazos...


En ese momento las luces del escenario bajan de intensidad y un reflector se posa sobre Doria, quién comienza con una voz cristalina al estilo de María Callas a cuestionar la decisión del padre.


La interpretación emociona a la audiencia, que sufre con el amor oculto de la princesa que se dirige al público como solicitando su comprensión ante su tragedia.


Aya se siente conmovida y a la vez maravillada de la voz de esta joven intérprete que con tanto talento se maneja entre las grandes voces de la ópera.


-Hola Hermana.


Un susurro apenas de una voz femenina pasa por el oido de Aya que voltea desconcertada, para solamente ver al resto de la audiencia hipnotizada por la voz de Melissa.


-Imaginación mía. Piensa Aya... o quizás alguna persona hablando por teléfono celular... estos nuevos aparatos están terminando con la privacidad.


-Hermana, ven con nosotros.


Esta vez Aya sintió casi los labios de esa mujer rozar su oreja, volteó rápidamente, pero no pudo distinguir a nadie...


Lo que si pudo distinguir fue un erizamiento de todos sus cabellos mientras la voz femenina decía con un tono más amenazador.


-Observa


Al escuchar esto, Aya se dió cuenta que Melissa la miraba fijamente desde el escenario.


El diálogo de la obra versaba sobre Doria asegurando a su padre que si la suerte de su amado era la muerte, entonces ella moriría también con él. El Rey consternado se levanta del trono mientras ve a Doria tomar la espada de uno de los guardias y atravesar su pecho con ella.


La música sube de tono mientras un suspiro colectivo llena el salón.


-Que calor... dice la cita de Aya...


Arriba en el segundo piso se escucha una conmoción... hay rechiflas contra un espectador que de pie, se desanuda el moño del frac.


Aya se siente normal, no tiene calor, pero nota a varios espectadores sudando a mares...


- Hermana, es hora


Aya voltea a ver al escenario y mira al Rey levantar el cuerpo de Doria, abraza y llora la muerte de su hija... se pone de pie para recitar su verso cuando de pronto...


-Ayyyyyeeeeeeeee!!!!


El actor se enciende en llamas ante la vista de todo mundo, algo palpita dentro de Aya, quizás eso que llaman institnto de policía, lleva su mano al bolso y saca de el su placa y su arma reglamentaria.


-¿Qué demonios? balbucea la cita de Aya apenas la ve tomar el arma en la mano.

Un grito en la parte de arriba llama la atención de Aya, un hombre envuelto en llamas salta desde el balcón.

-¡ A un lado! Dice a su acompañante mientras con fuerza lo lanza del asiento apenas a tiempo para evitar ser aplastado por la antorcha viviente.

-"¿Qué rayos está pasando?" piensa Aya mientras mira el cadaver en llamas.

Su atención es atraída hacia el escenario, donde Melissa levanta los brazos y comienza a reir frenéticamente mientras los telones de terciopelo rojo brocado arden en llamas. Poco a poco, toda la gente comienza a encenderse, una tras otra, sin previo aviso, casi de manera instantánea.

La gente se atropellaba unos con otros en su desesperada búsqueda de la salida, pocos llegaban debido a que se encendían en llamas. Aya corrió a la puerta, la abrió y casi a rastras arrojó al lobby a su acompañante.

-¡Llama al 911! le gritó al momento que regresaba a la sala de conciertos.

En el interior el aroma a carne quemada se tatuaba en las fosas nasales, algunos quejidos y gemidos agónicos se escuchaban entre los cuerpos calcinados, las llamas finalmente habían cesado, al fondo, en el escenario de pie y con la mirada perdida, Melissa parecía no haber sufrido una sola quemadura.

Aya quitó el seguro a su Glock 9 mm y comenzó a caminar hacia el escenario, sorteando los cuerpos calcinados con su vestido de noche.

-"Maldito vestido" Pensó.

En cuestión de segundos estaba frente a Melissa que parecía no percatarse de su presencia.

-¡Alto, Policía de Nueva York! Gritó, al tiempo que se preguntaba si no se metería en un pleito jurisdiccional tras su reciente reasignación de departamento.

Melissa volteó lentamente hacia Aya... sus mirada serena, profunda, con pupilas completamente rojas.

-"¿Lentes de contacto?" se preguntó Aya.

-Curioso -Dijo Melissa con una voz suave y aterciopelada- No hiciste combustión, pero ya sabíamos que eso pasaría ¿no es asi...hermana?

-¡Silencio! -gritó Aya seriamente nerviosa al reconocer la voz que le había susurrado entre las gradas- Tienes derecho a guardar silencio, si renuncias a ese silencio...

-El tiempo vendrá y triunfaremos -Dijo Melissa sin inmutarse por las palabras de Aya- ¿O no lo recuerdas?

Un destello blanco aturdió a Aya, quién de repente se miró a si misma 10 años antes, acostada en cama de un hospital. La habitación llena de luz, mientras ella, adolescente, en la bata verde del hospital miraba como una margarita se deshojaba.

Un médico entró por el pasillo, con una serie de hojas clínicas. Se sentó junto a Aya y le sonrió.

- Pronto hermana, pronto.

La voz la devolvió a la realidad, Melissa había desaparecido.

Continuará...

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