jueves, 8 de febrero de 2007

PAUSA

Retomaré más adelante la historia de La Hora Cero.

Me tomaré la libertad de traducir algunos capítulos de una serie de libros que no han visto la luz al castellano titulados "Left Behind" algo así como "Los abandonados".

Es una obra original de Tim La Haye y Jerry B. Jenkins

LA HORA CERO

CAPÍTULO I: BARCO FANTASMA

Mar Báltico, Cerca de la Isla de Bornholm, Noruega. Hace 48 horas y 15 minutos.

Una cortina de lluvia violenta y helada chocaba contra las furiosas aguas del Báltico; La tormenta, desatada apenas unos minutos antes había roto de improviso la tranquilidad imperante.
Una densa niebla se formaba a jirones entre las salpicadas aguas, poco a poco se tornaba más y más densa y cada vez ocupaba una mayor extensión. Un sordo rumor luchaba por hacerse escuchar entre la furia de la tormenta.
De pronto, la luz se hizo entre la oscuridad de esa madrugada lluviosa, el muro de niebla, ahora grueso y denso, se vio penetrado por los haces de luces de varios faros de halógeno, el sordo rumor poco a poco se transformaba en el constante batir de la maquinaria de un gran cañonero de guerra.
Lentamente el pesado y oscuro cañonero se abrió paso entre la niebla en la quilla, del lado izquierdo se encontraban remachadas las letras de su insignia: USS Manhattan.
A bordo, el Capitán Holm observaba la tormenta y el mar enbravecido desde el puente del buque militar. Detrás de el una docena de hombres corrían y daban voces atendiendo a un sinnúmero de páneles y monitores de computadora.
Holm trataba de disimular su nerviosismo, él y sus hombres habían corrido un gran riesgo en llevar ese barco estadounidense de 1942 hasta las aguas del Báltico. Tenía una sola oportunidad, no había márgen de error.
Atrás el concierto de voces y gritos eran una caótica telaraña verbal. Todos estaban expectantes del resultado. Holm sabía que sus hombres estaban nerviosos, y como veterano capitán de navío, sabía perfectamente que no había peor cosa que una tripulación zozobrante.
Holm era un hombre nórdico, quizás noruego o islandés. no pasaría de 60 años, de piel blanca pero curtida y endurecida por las inclemencias de la vida en el mar; de grandes ojos grises, pelo entrecano y corto, a simple vista se notaba su trayectoria militar.
El preocupado capitán fijó su vista en un panel con dos relojes, a la derecha uno que marcaba las dos en punto de la madrugada, en el de la izquierda, otro que marcaba las dos y quince de la madrugada.
-Quince minutos tarde, dijo para sí.
A su derecha se encontraba Ibrahim, un árabe que era su segundo a bordo y su especialista en instrumentos, visiblemente alterado, este hombre de al menos 35 años señalaba el panel con los relojes.
-Quince minutos!, quince minutos! les dije que debían calibrar mejor! que tenían que tomar en cuenta el tiempo que requiere...
-Quince minutos son buenos, interrumpió Holm, además, no tenemos una segunda oportunidad. Enciende la radio Ibrahim.
El especialista obedeció sin chistar, por un segundo solamente la estática lleno el puente, inmediatamente el movimiento y la charla de los tripulantes cesaron.
Durante un minuto el barco estuvo en silencio; conforme la tensión aumentaba, los tripulantes comenzaban a demostrar su nerviosismo tosiendo y carraspeando, hasta que finalmente, la radio captó una señal:
"...de acuerdo con el Premier Göltfeld, este acuerdo marcará un hito en las relaciones noruego-francesas, entrevistado antes de abordar su vuelo en el aeropuerto Charles de Gaulle..."
La estática volvió al radio, la embarcación se había alejado del origen de la señal. Los tripulantes y aún Holm se encontraban confusos.
-¿Se pueden verificar esos datos? preguntó a uno de sus oficiales.
-¡ En el acto señor! fue la respuesta.
Holm miró a Ibrahim, y se detuvo, en casi 40 años de servicio militar, nunca había dudado para dar una orden, hasta ese momento.
-Si todo está bien, deben desmontar el equipo y tomar el vehículo de regreso.
-¿Y usted capitán? preguntó Ibrahim
-Yo tengo que quedarme. Por favor llévate mis insignias y mis documentos contigo y apaga la luz exterior, no queremos llamar la atención.
La tormenta había amainadoy ahora era una lluvia copiosa pero menos furiosa que hacía unos minutos. Holm sacó la mano por una de las ventanas y dejó que la lluvia mojara su mano.
-Es igual, pero no es lo mismo. sentenció
-Son quince minutos, interrumpió Ibrahim, teníamos que llegar a tiempo, ¡había posibilidad de grandes consecuencias si llegábamos un segundo tarde!
-No ha pasado nada aún Ibrahim, le contestó el capitan, tu y yo seguimos respirando, el mar sigue ahí... además, este no es nuestro problema, solo lo estamos devolviendo.
-65 años tarde, se atrevió a decir el especialista.
Holm parecía estar dispuesto a reprender a su oficial, cuando aquel al que había pedido los datos llegó corriendo y gritando.
-¡Señor! verificado, verificado, Götfeld no es de los nuestros, podemos volver!
-De la orden Ibrahim, desmonten todo, tomen el vehículo de regreso.
-¡A la orden señor! respondió el árabe, quién miró a su capitán con evidente tristeza.
-No es justo señor. le dijo, No debería pagar por los errores de otros.
-Yo lo veo de otra manera Ibrahim, míranos aquí, viendo, oliendo, respirando cosas que nadie más va a presenciar nunca. Eso ya vale la vida. Viajé por todos los mares del mundo, y tuve la oportunidad de viajar por este, el cual ninguno de los que me antecedieron o de los que me seguirán podrán zurcar.
-Pero usted no merece morir solo, le dijo el oficial.
-Era parte del trato Ibrahim, no hay marcha atrás; me voy orgulloso de haberte tenido en mi triupulación por tantos años.
Los dos militares se dieron la mano en un último apretón, más que de compañeros, de verdaderos amigos. Holm extendió su mano hacia Ibrahim
-Dale mis insignias a mi hija, ojalá que ella algún día me perdone. Y dale esta recomendación al Comandante Heiget, mereces ser capitán de tu propia nave Ibrahim.
El árabe no pudo contener las lágrimas y abrazó a su amigo por última vez.
-Gracias Señor, Alá te tenga siempre en su gloria y los que te queremos siempre en nuestro corazón.
Ambos se quedaron en silencio por algunos minutos, fueron interrumpidos por el oficial de máquinas.
-Todo está embarcado señor!
Holm miró a Ibrahim
-Adios amigo, te voy a extrañar.
Después dijo al oficial
-Todos abandonen la nave!.
Ibrahim salió del puente sin mirar atrás, Holm se quedó solo en el puente, a la lejanía escuchó el momento en que sus hombres partieron. Pesadamente se sentó en la silla del capitán se quitó la gorra y apagó las luces, Encendió un cigarrillo que dejó sobre el tablero de instrumentos a consumirse lentamente.
Un héroe de guerra, condecorado en múltiples ocasiones, había escapado a cientos de enemigos furiosos, y ahora estaba ahí, sentado, esperando lentamente a la muerte.
Se llevó la mano al abrigo y sacó una armónica, la puso sobre sus labios y comenzó a tocar una alegre melodía nórdica.
En la oscuridad de la noche, el USS Manhattan con su único pasajero se dejó devorar por la neblina del alba.
Sin que nadie lo supiera, la cuenta atrás había comenzado.